Por Trejo Fuentes, Ignacio
A parte de ser mi maestro y amigo, Gustavo Sainz es uno de mis escritores favoritos.
Por supuesto, los primeros libros suyos que leí fueron los que había publicado en los días cienciaspolitiqueros: ¿Gazapo, Obsesivos días circulares, La Princesa del Palacio de Hierro? (Recuerdo que asistí a la presentación de la última, en una galería de la Zona Rosa, y si no recuerdo mal fue el primer acto de esa naturaleza al que concurrí en mi vida).
Es obvio que, como a tantos, Gazapo me deslumbró (reforzó en mí la idea de que la buena literatura no tiene por qué ser aburrida); Obsesivos días circulares refrendó la noción de lo importante que es el conocimiento de las técnicas en literatura; y La Princesa del Palacio de Hierro me hizo divertirme como enano enamorado: el personaje es uno de los mejores que me he encontrado en la novelística mexicana (como intento demostrar en mi libro Guía de pecadoras, de próxima aparición). Luego leí, con igual entusiasmo, Compadre Lobo, que es asimismo una de mis novelas favoritas, y cuantos ha publicado hasta la fecha, así sea que se trate de obras para lectores no inocentes, como Paseo en trapecio, Fantasmas aztecas, Muchacho en llamas, A la salud de la serpiente, Retablo de inmoderaciones y heresiarcas, Salto de tigre blanco o La muchacha que tenía la culpa de todo.
Dije que varios de los libros de Gustavo no son aptos para lectores inocentes, y me parece justo hacer algunas precisiones al respecto.
Gazapo, La Princesa del Palacio de Hierro y Compadre Lobo, pese a estar escritos bajo rigurosas innovaciones técnicas, se sostienen en historias, en anécdotas perfectamente descifrables, y no oponen ninguna resistencia al lector ordinario; en cambio, la mayor parte de sus demás novelas mencionadas, parecen apostar más en favor de la experimentación que de la anécdota, lo que provoca en quien lee reacciones de distinto calibre, de azoro unas, de rechazo otras.
No quiero decir, al anotar lo último, que en libros como A la salud de la serpiente y La muchacha que tenía la culpa de todo se deseche el cuerpo anecdótico, de ninguna manera; lo que ocurre es que las mil y una historias que contienen están contadas en forma nada ortodoxa, y sí mediante una disposición formal original y por eso "extraña". La mencionada en segundo término, por ejemplo, se presenta mediante una sucesión ininterrumpida de preguntas, es decir no hay un narrador claramente definido, ni se establecen con claridad convencional tiempos ni espacios: sin embargo, al plantear una segunda interrogante, se intuye el contenido de la respuesta anterior, y así, sucesivamente se construyen varias historias. ¿No es esto algo verdaderamente novedoso en cuanto a técnica? Lo es; pero ocurre que los lectores se sienten desprevenidos al principio, se extrañan de lo que ven ante sus ojos: no están acostumbrados a este tipo de discurso. Algo similar ocurre en otras novelas: A la salud... contiene toneladas de anécdotas, de historias, que dan cuerpos a una principal, y de nuevo, debido a la exuberancia narrativa, técnica, al esplendor discursivo, a la presencia apabullante del lenguaje como protagonista central, los lectores no avisados nos sentimos apabullados, como fuera de la jugada. Pero, en todo caso, la culpa --si alguna culpa debe haber-- es sólo nuestra.
Cuando distingo entre unas novelas de Gustavo Sainz y otras, no lo hago en términos de calidad, sino de apariencia. A lo largo de su trayectoria, el signo distintivo de Gustavo ha sido su aliento innovador, su preferencia por la experimentación formal. Gazapo contiene ya esos elementos, tan es así que en los días de su publicación los críticos aducían que eso no era literatura, que ese mundo de jóvenes citadinos y su circunstancia podía ser todo menos arte: el tiempo se ha encargado de demostrar quién tenía la razón, pues esa novela es fundamental en la historia de nuestra novelística, a pesar de su aparente superficialidad. La Princesa... y Compadre Lobo operan en sentido más o menos similar: las mil y una anécdotas regocijantes que ofrecen están amparadas por estupendos movimientos técnicos, que con toda sagacidad el autor se ha encargado de que figuren en un segundo plano. Pero es obvio que el ímpetu renovador de contar, ha distinguido a Gustavo: ¿no resultó absolutamente experimentar su segunda novela, Obsesivos días circulares? Si la leemos ahora encontraremos su vigencia. (Por cierto, en su reciente novela Quiero escribir pero me sale espuma, el autor retoma las anécdotas expuestas con la difícil naturalidad de sus primeros libros: a ver qué dicen ahora sus lectores antes pasmados por la experimentación de sus obras inmediatamente anteriores).
Podría argumentar en forma abundante para justificar mi aseveración en el sentido de que Gustavo Sainz es uno de mis escritores mexicanos preferidos, pero es evidente que no es éste el momento propicio, así que me declaro en deuda con él de intentar un ejercicio crítico de mayor profundidad. Mientras tanto, me uno al reconocimiento que sus lectores, alumnos y amigos le debíamos desde hace mucho tiempo.
Publication: Siempre!
Date: Thursday, June 11, 1998
http://www.articlearchives.com/545095-1.html
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