01/05/08

Por Gustavo Sainz


Ayer en el supermercado, oí a un hombre discutir con una mujer sobre la novela Tola, de Dante Medina. Ella dijo: “tal vez esta novela aunque pasa por narrativa sea solamente irónica, los acontecimientos sólo nos muestran qué empobrecidos estamos, cómo avanzamos supuestamente hacia alguna meta, más que nerviosos y ya cuando todos los utopistas están desencantados. Muestran que nuestras vidas están invadidas por nuestras necesidades, en especial la de durar. He llegado a creer que la narrativa nace del odio hacia uno mismo”.

Él dijo: “Lo que me preocupa es que Tola no da un marco coherente para medir la transición temporal o espacial, el protagonista va de un lugar a otro, o suponemos que va, o cree que avanza cuando en realidad no se mueve. Se transforma en un simple vínculo, la encarnación de la narrativa, su posible simulacro, la pesadilla de su propia realidad”.

Quise decirles que la narrativa de Dante Medina sustituye una narrativa ausente y absorbe siempre la ausencia del otro para poder nombrarla y, al mismo tiempo, cede su propia presencia a las graves soledades del olvido. La narrativa de Dante Medina quise decirles, es aquella en la cual puede inscribirse nuestro destino. Pero se fueron antes de que pudiera hablar.

Cuando volví a casa mi hermana estaba en la sala, esperándome. Le dije: “¿Sabes, manita?, se me acaba de ocurrir que la novela de tu amigo Dante Medina se mueve tan aprisa que no puede seguirse, su transcurso debe ser imaginado. El dirá que es lo más semejante a la vida pero a mí me parece lo menos real”.

“Sí”, dijo mi hermana, “¿Pero no te parece que la mayoría de las novelas se mueven con tal lentitud que saltamos constantemente encima de ellas, imaginándonos lo que sucederá? ¿No se te ha ocurrido que las novelas adonde no se puede saber qué sigue siempre se escriben durante la juventud?”

Más tarde me acordé de un otoño en Nueva York, cuando llegué al convencimiento de que la narrativa adonde la memoria juega un papel importante es aniquiladora. Hacía viento y me di cuenta que la memoria es un movimiento de eventos que no se sostienen en el presente, y es por eso que la memoria se matiza de piedad y la música siempre es un canto fúnebre.

Sonó el teléfono. Era mi abuelita para preguntarme qué estaba haciendo. Le dije que estaba releyendo Tola de Dante Medina para hablar de eso en la FIL de Guadalajara. “¿Y qué es lo que vas a decir?”, me preguntó. Bueno, es como si esta novela se rehusara siempre a comenzar porque los principios son irrelevantes en un universo infinito, y se rehúsa a terminar por la misma razón. Es toda un intermedio suprimido, inenarrable e inexhaustible. “Y abuelita”, le dije, “es como la narrativa que se niega a enmascarar la quietud esencial y genérica, y por eso limita sus comentarios a lo que nunca sucede, o a lo que creen que sucedió”.

Mi abuelita dijo entonces: “Tu abuelo solía hablarme de las novelas que le gustaban, ya sabes Carlo Emilio Gadda, Guimaraes Rosa, Severo Sarduy. Decía que siempre aparecía una mujer con un traje largo que llevaba un ramo de flores. Su pelo caía suavemente sobre sus hombros. Decía que esa mujer aparecía siempre en las primeras páginas y necesitaba a un hombre. La mujer se acercaba a una casa, saludaba al hombre, soltaba las flores. Esto”, continuaba mi abuela “parecía el signo de falta de propósito en la novela experimental, sembrada de semillas de indiferencia”

“Abue”, sugerí, “lo que llamamos narrativa experimental es una sumisión ante los intolerables reclamos del predicado sobre el futuro, y no puede ser experimental si favorece la continuidad, si florece hacia otro predicado. ¿No crees que estos ejercicios narrativos reposan en nuestro deseo de un predicado estéril?”

“Tienes toda la razón”, dijo mi abuelita y colgó.


“Un novelista”, decía mi vecino que me vino a pedir un poco de azúcar, “escribe en la prosa más transparente o en la lengua más castigada, pero siempre describirá a hombres que habríamos podido conocer y gestos que son los nuestros. Su objetivo siempre será expresar la realidad de un mundo humano. Pero tu amigo Dante Medina desconfía de la realidad, desconfía del conocimiento, desconfía de las palabras. Lo horroriza la existencia privada de mundo, el proceso mediante el cual lo que deja de ser sigue siendo, lo que se olvida siempre tiene cuentas pendientes con la memoria, lo que muere sólo encuentra la imposibilidad de morir, y lo que quiere alcanzar el más allá siempre está más acá. Ese proceso es el día hecho fatalidad, la conciencia cuya luz ya no es la lucidez de la vigilia sino el estupor de la ausencia de sueño, es la existencia sin el ser, tal como el lenguaje de Dante pretende reaprehenderla detrás del sentido de las palabras que la recusan”.

Me fui a acostar y ya en la cama pensé que uno nunca sabe si Tola existe o no existe, si es joven y apuesto o viejo y decrépito, uno ni siquiera sabe si es real o simplemente huidizo.


Ponencia leída por Gustavo Sainz en la presentación de Tola en el marco de la Feria Iinternacional del Libro de Guadalajara en Noviembre 2007

http://www.ponenciasgustavosainz.blogspot.com/

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