01/05/08

Por Gustavo Sainz

Para Dante Medina la literatura es entonces la preocupación por la verdadera realidad de las cosas, por su existencia desconcertante, libre y silenciosa. Es su inocencia y su presencia prohibidas, el ser que se ofusca ante la revelación, el desafío de lo que no quiere producirse afuera. Por eso en su novela simpatiza con la oscuridad, con la pasión sin meta, con la violencia sin derecho, con todo lo que en el mundo parece perpetuar la negativa de surgir ante el mundo. Por eso se alía a un lenguaje distinto, propio de él, que hace de las palabras una materia sin contorno, un contenido sin forma, una fuerza caprichosa que no dice nada, o lo dice todo, pero más bien que no revela nada y se contenta con anunciar, mediante su negativa a decir algo, que procede de la noche y a la noche vuelve”. Pensaba en esa oscuridad y me quedé dormido.

Cuando desperté preparé el café, y mientras disponía sobre la mesa las tostadas, la mantequilla y la mermelada, mi novia apareció contradiciéndome: “No es sólo que cada momento del lenguaje de esa novela de la que tanto discutes pueda ser ambiguo y decir algo distinto de lo que dice, sino que el sentido general del lenguaje en esta novela es incierto, de él no se sabe si expresa o si representa, si es una cosa o si la significa; si está allí para ser olvidado o si sólo se hace olvidar para que lo vean; si es transparente a causa del poco sentido de lo que dice, oscuro porque dice demasiado, opaco porque no dice nada”.

Poco después, bajo la regadera, y con la cabeza totalmente enjabonada, pensaba que la novela Tola está muy fragmentada, y quizás habría que pensar o explicar la incertidumbre que hace inestables, sin cambiar su dirección, la forma y el contenido de su lectura. Esta carencia puede que no sea accidental. Se halla incorporada en el sentido mismo que mutila; coincide con la representación de una ausencia que ni se tolera ni se rechaza. Las páginas de esta novela poseen la plenitud más extrema, anuncian una obra a la que nada le falta y, por otra parte, toda la obra está dada en esos desarrollos minuciosos que se interrumpen bruscamente, como si ya no hubiera nada que decir. Nada les falta, ni siquiera esa carencia que es su objeto: no es ninguna laguna, es el signo de una imposibilidad que está presente por doquier sin que se admita jamás: imposibilidad de una existencia común, imposibilidad de atenerse a estas imposibilidades.

Mientras me vestía concluí: El arte de la novela para mi amiguísimo Dante es antes que nada la conciencia de la desdicha, no su compensación.

Ay, mi amigo Dante: su asombrosa versatilidad, curiosidad, burlón, tosco, irritable, mitómano, introvertido, risueño, perseverante, genial.

Mi vecino me preguntó si podía darle un aventón a su trabajo. En el camino seguíamos hablando de la novela. “Lo que hay que ver en esa novela no son fragmentos de vida”, dijo contundente, “sino un delirio. Y sobre todo nada de lógica”

“Es una especie de pesadilla, una visión”, intervine, “una comprobación siniestra que nos dice que el mundo es inhabitable, pero que ni siquiera es posible huir de él”.

Un novelista es un transformador.


Ponencia leída por Gustavo Sainz en la presentación de Tola en el marco de la Feria Iinternacional del Libro de Guadalajara en Noviembre 2007

http://www.ponenciasgustavosainz.blogspot.com/

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