01/05/08

Por Gustavo Sainz

Mi vecino opinó que quizás la máquina de escribir de Dante, “porque no escribió en computadora, lo puedo apostar”, sugirió, “perdió los signos de puntuación a las primeras de cambio, y por eso la mayor parte de la novela carece de puntuación”, dijo.

“No”, contradije, “yo creo que la ausencia de puntuación pasadas las primeras páginas, se debe más a razones de velocidad narrativa, de ritmo, a cierta desesperación, a cierta ira. Es como una solicitud al lector para que él colabore poniendo la puntuación. A mí me gusta esa audacia, ese valor a renunciar a la prosa periodística, a no parecerse a ningún modelo literario de entonces”.

Ya en la Universidad, inicié mi clase proclamando que “la materia de la que dispone un novelista para escribir, consiste en impresiones, recuerdos, huellas inconscientes que han sido dejadas en él por experiencias pasadas, imaginaciones, en fin, y parta darse a entender, compara esas impresiones y recuerdos, esas huellas inconscientes con una pasta informe, y la describe como describiría un industrial una pasta de papel, mezcla de trapos viejos, trozos de celulosa y deshechos. Todas las impresiones, todos los recuerdos, lo consciente y lo inconsciente, las cosas insignificantes, las alegrías, las conmociones, las citas en otras lenguas, todo, la vida con todo lo que sabía de ella y todo lo que podía sospechar, todo lo que habría de verse, lo que podía demostrar, decir, exponer, las mujeres, las sorpresas, las gentes, lo que nadie ha advertido que sabía, lo que le habían hecho, las cancioncillas a punto de olvidarse, todo eso que dicen encerramos en nuestro cerebro, mescolanza bruta, incoherente, todo ello encabalgándose, escalonándose y encontrándose en las posiciones más extrañas”.

Luego, como en un sueño, mi alumna más bonita leyendo sin tomar aire leyó: “Ena es la de la iniciativa pesca al manejable Pecos casi lo viola entre sus monumentales senos sombras y sombras atormentando la fidelidad de los espejos la perspectiva la hondura del olor a emanaciones corporales salirse temprano madrugar como siempre Tola me viste Pecos está también rápido saltar la verja en escape calladito y la enana en la esquina regando con su manguera que le sale como del cuerpo y el abrigo zotaco hasta el suelo riéndose sin mover los músculos seguro que burlándose cual quien lo sabe con detalles burlándose cual quien está partícipe maldita enana” (p 75)

Un gordo montgolfiérico alzó la mano y preguntó “¿Podríamos llamar ese vocabulario coloquial tapatío?”

Y otra niña de oscuro y larguísimo cabello alzó la diestra poco después y preguntó “¿Eso de la nómina que los personajes llaman la anónima es algo propio de Jilotlán de los Dolores, Jalisco?”.

Y la más alta de todas “¿Podría llamarse histórico al momento en que en las clases que se cuentan en la novela los alumnos responden Heil en vez de presente, extendiendo el brazo derecho con la palma de la mano abierta y chocando los tacones, todos contentos, o es algo propio de la imaginación exaltada de Dante Medina?”

“Dante Medina es como un naturalista exaltado y pinta esas escenas, ese embotamiento que si no sucedió pudo haber sucedido, esas situaciones que nunca dejará de reivindicar, esa burla, esa malicia, esa ironía. Todo esto es incluso la consecuencia lógica de su concepción de la novela en la que sabiamente rechaza la acción, la intriga, los personajes y el análisis de los sentimientos. Describe nada más lo concreto y nada más que lo concreto, y con frecuencia el espectáculo, siempre el espectáculo. Esta es su proposición. Todas sus novelas son sucesiones de números, como en el circo, o como en el teatro de revistas, y a veces como en las historietas”.

Una chiquita de hermoso rostro y ojos melancólicos alzó la manita mansturbadora y preguntó por qué razón se citan en la novela autores que no son aquellos que influyeron al autor.

“¿Cómo cuáles?”, pregunté y me dispuse a escribir en el pizarrón.

“Por ejemplo, en la página 135, una persona llamada Columna y descrita como primate viviente que estudiaba Filosofía y Letras, comienza a hablar de Sartre, Nietzsche, Kierkegaard, Francois Villon, Rabelais, Joyce y Carpentier, y sobre todo Carpentier”, terminó con una sonrisa coqueta.

“¿Y según usted qué autores serían antecedentes de esta novela específicamente?”

“Bueno, usted me podría decir si estoy en lo correcto, pero admito que hay una visión esperpéntica propia de Rabelais pero también de Valle Inclán, Kafka que escribió que el arte es antes que nada la conciencia de la desdicha, no su compensación, Luis Ferdinand Céline, para quien el hormiguero humano es sordo, una masa viscosa, una mermelada humana, alucinada, a la que hay que vociferarle, hablarle a gritos. Es posible gritarles lo que uno quiera. Pero ellos no escuchan. Se limitan a arrastrar día y noche sus vidas delante de ellos. La vida les oculta a los hombres su existencia total. Con su propio estrépito no oyen nada. Todo les da igual. Bueno, y quizás Lawrence Sterne, y el último monólogo del Ulises de James Joyce, el monólogo de Molly Bloom que termina con sí yo quiero sí sí, sin ninguna clase de puntuación”, dicho lo cual volvió a sentarse, pues se había puesto de pie.

“Muy bien”, concluí yo, “¿y quién puede aumentar otras posibles influencias que desde luego el propio Dante Medina se encargará de negar aunque le arranquemos los ojos?”

Oí por ahí Guillermo Cabrera Infante y “bien”, dije, y lo anoté en el pizarrón.

Lewis Carroll dijo otra voz y volví a decir “bien”, y pensé en una pregunta de Alicia, ¿a dónde va la luz de una vela cuando está apagada?

“Bueno”, me atreví a concluir, “y todas las películas que ha mirado el autor, y todos los libros que ha leído, y todo lo que ha conversado le permite desarrollar éste chisporroteante monólogo en el que mete músicas, coches, enfermedades, vómitos, dioses aztecas, cerebros, vaginas, cleptómanos, homosexuales, piezas de ajedrez, catársis, León Felipe, Moscú, Viena, un estetoscopio, Tchaikovsky y Herrera de la Fuente, Bach y Baco, un músico chino: Cho-Pin, perplejidades, Estéreo 102, un piano, la muerte, un cuarto amarillo, uno verde, Jesucristo, narices sudadas, José Clemente Orozco, el Paraninfo, equilibrios psíquicos, teléfonos, Brasil, París, Hamburgo, Barcelona, Chicago, Frankestein, mentadas de madre, fornicaciones, vendedores ambulantes, sangre, botones, Pedro Infante, Sonora, zarpazos, calzones de mujeres, Janis, Bob Dylan, Jimmy Hendrix, Puerto Vallarta, Manzanillo, Mazatlán, Tapalpa, una grabadora, un abogado, un cello, un refugio antiaéreo, un pantalón de pana, un poco de sal, el deseo de inmortalidad, se mezcla todo bien, se agrega el talento, la sabiduría, el ritmo y un buen montón de desdoblamientos del autor y se desparrama en 168 páginas”.

“Pero en realidad exagero”, y tosí discretamente, “porque hay una voluntad de orden, una inteligencia vigilante, un deseo de que nada se olvide, por nimio que parezca, un dominio de la lengua que no dudo calificar de ejemplar, y sobretodo cierta ira, la violencia de un buen cantante de rock, que ha extraído de su propia existencia los relatos que nos presenta, que grita y aúlla, recorre el estrado e interpreta su música salvaje para denunciar la realidad de lo que hay en él de más profundo y de más secreto, poniendo encima de la mesa, como decía mi abuelita, su pellejo y sus tripas”.

Decía Goethe que el artista se preocura todo lo posible postulando lo imposible. Pero gracias a Dante Medina, y a Raúl Godínez y a la Editorial Nueva Imagen que no han dejado morir este libro y lo disponen como posible una vez más, como editado una vez más, y muy bien reeditado, veinte años después. A todos ellos gracias, de verdad.


Ponencia leída por Gustavo Sainz en la presentación de Tola en el marco de la Feria Iinternacional del Libro de Guadalajara en Noviembre 2007

http://www.ponenciasgustavosainz.blogspot.com/

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