Autoentrevista.
Gustavo Sainz
(4 de 4)
¿Cuándo asumió formalmente su vocación de escritor?
En el suplemento semanal México en la Cultura tenía una columna de libros, pero las notas no podían pasar de seis líneas de 65 golpes, y cuando el libro era Bajo el volcán, o Esta casa en llamas, o Entrada falsa, o El tercer libro sobre Ajim, era irritante, quería numerar por ejemplo las alusiones literarias que subrayó en Tiempo de silencio, desde el Vatsyayana, y el auparishtaka, hasta las tres parcas y otra decena de alusiones a la literatura grecolatina, la Biblia, la literatura popular, la literatura occidental moderna, de Joyce a Hemingway, de Eugenia Grandet a Un asunto tenebroso, literatura española, pensadores, de Freud y Nietzsche a Sartre y Ortega, sin hablar de otras alusiones históricas y culturales, como el Café Gijón o las corridas de toros, y eso sin hablar aún de la estructura, de los personajes, del carácter iniciático de la novela, y no podía rebasar ni los seis renglones ni los 65 golpes de máquina, en esa época Roland Barthes había publicado su autobiografía, Roland Barthes par Roland Barthes, pero en ella el propio Barthes se veía como si fuera un personaje de ficción, no contaba hechos, interpretaba, y el joven novelista entendió que ese era el problema de la autobiografía, que lo único que quedaba de la vida eran las interpretaciones, ¿escribir sería volverse legible para todos y para uno mismo, indescifrable?, le torturaba la idea de que la Historia con mayúscula no existía, sólo historias, con hache minúscula, “todo era ficción” como lo demostraba Borges en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius porque todo era texto, sin relación alguna con la realidad externa, se hallaba en una especie de entropía lingüística, en una como crisis del universo lingüístico, donde el silencio se extendía del mismo modo que los desiertos al norte de México, si la novela había muerto la novela seguía viva como antinovela, metanovela, nueva novela, novela-novela, y nadie se arriesgaba a describir las diferencias, en el hormiguero, decía Octavio Paz se anulan las diferencias, en la cama también como lo sabía por cuenta propia, entonces aparecieron las autobiografías de los antinovelistas franceses, aquellos que habían enterrado cuidadosamente el “yo” humanista y “todos los demás conceptos anticuados”, las memorias de Nathalie Sarraute eran un diálogo entre dos voces no subjetivizadas, en cuyo espacio intermedio el “yo” biográfico intentaba hablar, mientras las ego-novelas escandalosas de Philippe Sollers eran una apuesta para ayudar a avanzar lo literario, una persona real era diez veces más interesante y subversiva que una persona de ficción, la novela se estancaba debido a la timidez de sus autores, la pornografía sólo era un hecho entre otros, las novelas lo disponían todo en el mismo nivel, esa era su función, su grandeza, su frialdad, su calor, su fuerza, debía mantenerlo todo unido, los contrastes y los antagonismos más evidentes, más incompatibles, elipsis por todas partes, lo que carecía de sentido adquiriría sentido, el mensaje de las novelas para sus lectores era siempre el mismo, las cosas eran siempre mucho más complicadas de lo que lo que creían, Woody Allen acababa de decir que el artista tenía que decepcionar a su público, pues en caso contrario, lo que produjera no sería interesante desde el punto de vista artístico, las novelas eran siempre inventario de las cenizas, recuentos del fracaso, su personaje principal era sin duda un protagonista pero totalmente opuesto a los protagonistas convencionales de novela, no hacía nada y quería saberlo todo y reflexionar sobre todo ello, un ser humano irresponsable sin ninguna autoridad sobre sí mismo, de modo que atraviesa la vida y el mundo sin resultar privilegiado, nunca toma iniciativas, siempre se rige por los accidentes, circunstancias y posibilidades reales, no busca nada y no huye de nada, sino que camina a través de puertas abiertas, es un joven que vive la historia mirando y observando en lugar de actuando, como el personaje de Musil en El hombre sin atributos, la característica fundamental de la cultura contemporánea sería la ausencia de acción, en eso apareció un libro de Butor titulado 1,810,000 litros por segundo, y ahí se proclamaba que lo único que importaba era el lenguaje y la forma, todas las historias se habían contado antes, y lo único que quedaba era producir arabescos, ensamblajes de textos, borrones, desdibujos, collages, pero a pesar de esto se contaba una historia oculta o decenas de historias ténues, insuficientes, apenas esbozadas, desdibujadas, ya no podíamos dominar nuestras palabras, nunca podríamos, la lengua hablaba a través de nosotros y al final el lenguaje termina por devorar a quienes lo hablan, es el discurso actual, el que margina las grandes narrativas, el cristianismo, el marxismo, el freudismo en pro de las pequeñas narrativas, un Don Juan de verdad dice Kazimierz Brandys, habla con distintas voces que él mismo no domina porque son ellas las que hablan a través de él, pero también las novelas no nacían del hilo del hablar sino del callar, la literatura no podrá contener nunca la verdad, en el mejor de los casos mostraría solamente algunas partes de la verdad, como los ciegos del poema de Rumi que dan descripciones contradictorias del elefante según la parte del animal que cada uno había logrado palpar, una pata, una oreja o la trompa, pero a los autores se les empezó a prohibir el acceso al público, se trataba de estar fuera, expatriado, exiliado, el exilio será cada vez más como una condición del intelectual contemporáneo, vivimos en el siglo de los refugiados, Georg Luckacs afirmaba rotundamente que la novela era un exilio trascendental, ningún Ulises moderno encontraría su camino para regresar a Comala, James Joyce había elegido deliberadamente el exilio como forma de vida para mantener un antagonismo absoluto con lo conocido y familiar, la gran novela latinoamericana era también una literatura del exilio, para no hablar de Nabokov, de Joseph Conrad, de Samuel Beckett, o de las novelas del exilio republicano español, Otaola, Semprún, Sender, Gomís, ya de niño sentía esa alta tensión cuando se perdía en la ciudad de México como era debido, donde todo vibraba denso y repleto y lo empujaba a bocacalles sonámbulas, no, a una atención insistente, a una felicidad especial, embriagadora, secreta, toda densidad urbana que sobrepase la capacidad de captación, toda ciudad que merezca ese nombre, produce efectos exóticos, porque sólo esa palabra puede insinuar la vehemencia con que nos avasalla y nos arrastra a la deriva como efluvios de droga, la mirada siempre va a la zaga del choque que produce ser un extraño a la búsqueda de lo desconocido, se empieza a escribir en defensa propia, es un querer inscribirse, ¿o será el deseo de responder por escrito?, primero se escribe lo que se cree y después se cree en lo que está escrito, así cuajaron los evangelios de cada cultura, al principio se perdía la totalidad, el recogimiento, la confianza original, la inocencia, y entre las pérdidas estaba la propia integridad, en su lugar aparecían la reflexión y la introspección, que hacían madurar la confianza de estar aislado, un aislamiento hasta el desacuerdo y la soledad únicas, el joven desgarbado con todo y sus libros bajo el brazo se ha salido del mundo y ha ido a dar en lo extraño, allí todo se ha vuelto irreal, la pérdida de la realidad va unida al miedo de tornarse irreal uno mismo, con la amenaza del vacío, del horror a extinguirse y la parálisis del alma, hay que detener la realidad que se escabulle en la borboteante caldera del sentimiento y arrancarle sentidos a una red de pensamientos enredados sin remedio, y entonces comienza el trabajo del lenguaje, las primeras tentativas de escribir tienen el carácter de un ritual mágico de defensa, la escritura hace su aparición para cuidar de un interior que gime, ay, escribir como se traza un círculo, para que algo empiece y termine, para hacer nudos a lo largo de la cuerda, escribir esta noche, mañana y después de mañana, porque siempre hay palabras antes de las primeras y después de las últimas, el modelo fundamental sería estar de camino, hay que dar un gran salto y llegar a narraciones más personales, más verdaderas, a espaldas de tradiciones y costumbres, donde lo más importante será el roce que produce inflamaciones de lenguaje, jirones de lengua, imágenes, citas, quejas, llamados, gritos, un mosaico de singularidades, de ínsulas de lenguaje como jirones de realidad, para que halla algo donde poder hallarme, re-correr, dis-currir la realidad, lo corpóreo de lo que pasa cada día rescatarlo porque es una experiencia transcurrida en el frente, ¿la guerrilla interior?, exponerse y ponerse en acción, el proceso creador tiene su propia respiración, su propio ritmo, y sobre todo su nota existencial, se trata al final de lograr dominar siquiera fragmentariamente un tema, de asentar la lengua, pero también de una autocreación, aunque sea parcial, balbuceante, y ambas cosas paso a paso, pian pianito, sólo entonces se podría inventar una declaración de “estacionado”, de paso, y afirmar que era un escritor de ficciones autobiográficas que se detenía de paso, un escritor de la existencia, uno que chantajea a su existencia para sacarle experiencia lingüística, el acto creador, el furor visible sería parte integrante del tema, como pugna, como lucha, como conflagración, para él joven desgarbado y con libros se trataba de esencias, cuando estaba eufórico podía incluso decir que era como un surtidor de gasolina, alguien que tenía que manejar combustible figurado idealmente, cierta ira, cierto aliento, o más prosaicamente, suministro de oxígeno, el extrañamiento era su elemento, su asunto artístico, el extrañamiento no lo daba el nacimiento, al principio uno estaba escondido en el vientre, o en el paraíso, et in arcadia ego, no importaba, se trataba de la felicidad perdida, pensaba en la felicidad y veía a una mujer amable y disponible, tenía que cerrar un momento los ojos, después el destierro, las ciudades eran como las mujeres, seducción, embelezo, ataque, querer ser acogido, ojos nuevos, hechizo, abandono, lo desconocido, ¿vasallaje del amor?, furia creadora, para ser oído, luchar o correr, correr hacia la felicidad, responder por escrito, a la mitad del camino entre la repugnancia por la mentira y el anhelo imposible por la verdad, seguir firme, donde los mejores escritores antes que él se dieron por vencidos o fueron derrotados, seguir adelante, escribir-leer novelas porque son un refugio y un bálsamo, un martirio y una droga, una adicción y un escudo, un castigo y un premio, en cualquier caso un lujo que cada vez menos personas pueden permitirse, ay, de aquí cierta culpa, cierta amargura, cierto miedo, pero también escribía novelas porque escribía contra el Estado y el poder en sus infinitas formas de dominación, y porque de vez en cuando una buena novela era un golpe de Estado en el corazón del Estado, y desde luego escribía porque a pesar de todo tenía una fe ciega en la belleza, en la generosidad, en la solidaridad, en la comprensión, en la tolerancia, en la sonrisa, en la magia de existir sucumbiendo como el Calígula de Camus, que cada noche limpia de estío gritaba en silencio ¡quiero la Luna!, escribía porque el aire zumbaba de palabras, escribía porque había algo que hablaba en él o a través de él, escribir era tratar de ser el escritor que no se era, escribía para callarse uno, porque no sabía hablar, porque le faltaban las palabras, la máquina retórica del mundo le arrebataba el presente, la única vida verdadera en la que podrían realmente vivir, amar, gozar, tocar, y los obligaba a vivir siempre en el futuro, en la vida que no existía, vivían no para vivir, sino para haber ya vivido, para ya estar muertos, escribir significaba resistir esta carrera mortal, detenerse, demorarse, retroceder, deshacer, cumplir el trabajo nocturno de Penélope en su tela, escribir para escribir, no para haber ya escrito y publicado, si tuviera que hacer su acta de nacimiento literario diría que nació de Ramón López Velarde, de Lawrence Durrell, de Clarice Lispector, de James Joyce y Henry Miller, y que guiaron sus pasos Jorge Luis Borges, Joao Guimaraes Rosa, John Dos Passos y Octavio Paz, esto, creía, debía definirlo suficientemente, escribir como se ama, como si se acariciara, la vida tan precaria, nunca presencia de vida, sino su eterno ruego al prójimo para que viva mientras nosotros morimos,
¿Para resumir?
El extrañamiento, los amigos, las librerías, la ciudad, el erotismo, venturero de la lengua, miles de páginas manuscritas sin ninguna piedad, dieciséis novelas, algunas becas, algún premio, algunos amores, tribulaciones, desasosiegos, desdichas, carcajadas, algo así, más o menos...
http://www.puntode-fuga.blogspot.com/
¡Necesitas ser un miembro de Biblioteca Gustavo Sainz para añadir comentarios!
Join Biblioteca Gustavo Sainz