Autoentrevista.
Gustavo Sainz
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¿Cómo empezó todo?
Henry James decía que para los novelistas nada quedaba perdido, y al mismo tiempo recordó un poema de Henri Michaux, algo así como estoy habitado: hablo a los que fui y los que fui me hablan, experimento a veces la molestia de sentirme extranjero, los que fui constituyen ahora toda una sociedad y acaba de ocurrirme que ya no me entiendo ni a mí mismo (más o menos),
¿Decía?
Imagínense a un joven desgarbado, ensimismado, siempre con un libro o dos o tres bajo el brazo, hablando solo, mascullando, peleándose consigo mismo, los ojos inyectados de sangre por las alergias y los insomnios, 18 años, quizás menos, 16, 17, cuyas lecturas eran tan desordenadas como frecuentes, se acababan de publicar Crónicas Marcianas, y había leído el Retrato del Artista Adolescente, El gran Meaulnes, Retrato del Artista Cachorro, El Diablo en el Cuerpo, Con distinta piel, Tom Jones, El camino de toda carne, Jud el oscuro, La casa de la Troya, y muchos otros, esperando encontrarse en ellos, y sobre todo aprender cómo contar, cómo describir, cómo dialogar, cómo representar, contagiarse del ritmo, de la intensidad, del tono, de la temperatura de Absalom, Absalom o Manhattan Transfer, porque otro compañero de generación, Luis Antonio Arteaga, había publicado una colección de relatos titulada Cuentario, y tuvo una cariñosa acogida, peor, cada uno de sus cuentos tenía un premio en alguna revista sospechosa, como La Familia, una publicación con recetas de cocina y patrones para hacer ropa, pero eran distinciones, y todos esos festejos alrededor suyo le hicieron preguntarse ¿y por qué no escribir?, parecía fácil, hizo un par de cuentos y se los enseñó a Mario Froylán López Nárvaez, el intelectual de su clase, que los leyó delante suyo con aire de perdonador, condescendiente, y se los aprobó sin entusiasmo, Carlo Coccioli les daba clases de italiano y era un escritor reconocido que le regaló una de sus novelas, Manuel el Mexicano, adonde hablaba de calles y temas que estaban más o menos cerca suyo, muchas veces lo fue a visitar a su oficina arriba de una librería francesa, en la calle Río Nazas, mientras en El Pánuco, la tienda de Catita exactamente enfrente de la entrada principal de San Ildefonso, el edificio de la Preparatoria, comenzó a desayunar todos los días de clase jugo de naranja, una torta de jamón con aguacate y crema, hmm, riquísima, y un licuado de choco milk, Catita era algo así como la mamá solícita de todos los preparatorianos, ahí caían todos a festejar y llorar, o a pedirle su apoyo para impulsar a determinada planilla, o la salida de un periódico, su tienda era el lugar de reunión inevitable, el lugar de partida para ir a clases y el lugar de llegada entre clase y clase, entonces allí, en una vidriera adonde se exponían flanes y otro tipo de dulces, por la parte de adentro éste joven desgarbado y flaco empezó a pegar semanalmente una cartulina con cuatro o cinco caricaturas que aludían a los acontecimientos recientes, su estilo como dibujante era una mezcla de los estilos que trataba de robar de caricaturistas españoles como Puig Rosado, Mingote o Ballestá, la primer cartulina tenía por título Gustavo, la segunda El hijo de Gustavo, la tercera, El nieto de Gustavo, la décima Gustavo contra la Momia Azteca, le gustaba dibujar caricaturas luego de un entrenamiento de años en que aprendió a dibujar como Frazetta, Wood, Crandall y Toth, los historietistas que más le gustaban, hizo 14 números diferentes, sin sospechar el desarrollo del dibujo humorístico que pronto destacaría la obra de R. O. Blechman, Tomi Ungerer, Fernando Kranhn, Steinberg, Sergio Aragonés, lo extraño es que casi como sin darse cuenta terminaron los años de Preparatoria y tuvo que decidirse a estudiar Leyes, quizás para no quedarse solo, o porque temía la rudeza de las novatadas, los sádicos castigos que les hacían a los estudiantes de primer ingreso en Arquitectura por ejemplo, en la nueva Facultad de Leyes le tocó un grupo con 120 alumnos, las clases eran en la Ciudad Universitaria, pero había demasiados muchachos y los maestros hablaban bajito, su discurso era denso, ininteligible, espeso, y él se sentaba hasta atrás y escondía su libro tras la espalda del compañero de adelante, leía para no aburrirse y porque no entendía o no le interesaba, digamos que por falta del descodificador adecuado, le gustaba un autor e intentaba agotarlo, La granja de Bhitedale, La letra escarlata, Cuentos de la Nueva Holanda, The Marble Faun, Passages from the American Note-Books, Historias dos veces contadas y La casa de los siete altillos, después, distribuía autores de nacionalidades distintas para las diferentes horas de clase, los italianos le tocaban cuando el maestro Abreu desarrollaba sus ideas de Sociología, en su cuaderno de apuntes a veces revisa juicios de esa época escritos durante las clases, sobre Bontempelli, Rea, Pasolini, Calvino, Piovene, Moravia, Patti, Palazzeschi, Alvaro, Moravia, Pavese, aunque algunos lo alteraban tanto que en vez de leerlos en la escuela se los llevaba a casa para disfrutarlos, y en eso conoció a Patricia, una joven rubia e introvertida, porque le llamó la atención que traía junto a los libros de clase un libro de Juan Ramón Jiménez o de García Lorca, él leía una novela canadiense, Lasso round the Moon, y comenzaron a hablar de sus lecturas y a caminar por la Ciudad Universitaria y por las calles de la Colonia Condesa, ay, unos días después, o semanas, se atrevió a prestarle sus mal pergueñados relatos y cuando Patricia se los devolvió comentó que su padre había notado las lecturas de Faulkner y Borges y que quería conocerlo, hablar con él, y él dijo más que atarantado que sí porque le dio pena e inquietud y hasta vergúenza admitir que no había leído ni a Faulkner ni a Borges, así que su suegro quería conocerlo y una mañana fue a su oficina en la avenida Insurgentes, cerca de Paseo de la Reforma, una oficina que el padre de Patricia compartía con un español republicano, el gran Simón Otaola, y los encontró delirantes, entusiasmados, sorprendidos, porque el domingo anterior se había publicado en el suplemento México en la Cultura toda una primera plana de promoción sobre la primer novela de Carlos Fuentes, La región más transparente y Otaola estaba entusiasmadísimo con el libro, al que calificaba de fantástica vomitona de todas las lecturas del autor, adonde se podían ver influencias ya digeridas y otras todavía en grumos, pero ¿cómo?, ¿no había leído a Huxley, a Joyce, a Dos Passos?, Otaola le prestó un ejemplar impecable de El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, y le dio una semana para leerlo, después de lo cual debía devolvérselo y comentárselo, pronto siguieron Historia Universal de la Infamia, Las palmeras salvajes y Vidas imaginarias, el joven abandoniano se sentía bruscamente atendido, creía haber ganado la lotería, se sabía dichoso y cargado de futuro, y para ahora ni siquiera se acuerda cómo terminó con Patricia, pero a Otaola lo había adoptado desde el primer día, o él lo adoptó a él, en la oficina adonde trabajaban distribuían fotografías de películas mexicanas para promocionarlas, él joven alto, flaco, desvelado y desgarbado llegaba como a las cuatro de la tarde o poco después y sus nuevos tutores y amigos salían de allí a las seis, y muy pronto caminaban hasta la avenida Hidalgo, frente a la Alameda Central, y lo llevaron a conocer la Librería de Polo Duarte, Libros Escogidos, Polo fue su cómplice durante muchos años, le daba todos los libros a crédito, le invitaba tortas y refrescos de la cantina de al lado, El Golfo de México, le soportaba toda clase de agresiones, le prestaba dinero en efectivo, y además en su librería siempre había amigos con quienes se podía conversar, Cámara, Ruvalcaba, Bourcart, Cifuentes, Otaola, y bajo su solidaria influencia fue entrando en el mundo de Goytisolo, de Sánchez Ferlosio, de Camilo José Cela, de Ramón Gómez de la Serna, de Ramuz, de Giono, de Bosco, de Luis Martín Santos, y pronto los amigos que querían ser escritores, como él, a Monsiváis no recordaba cómo lo conoció, pero sí que le prestó innumerables libros que nunca le ha devuelto, le regaló los primeros números de la revista Mad, y él le prestó una docena de números de La Familia Burrón, recorrían la ciudad de arriba abajo, siempre a altas horas de la noche, siempre conversando, Monsiváis era protestante y él creía ser católico, y Monsiváis no entendía por qué quería seguir siendo católico y sobre todo por qué quería estudiar Leyes y al terminar el segundo semestre le dió la razón y renunció a esa carrera y se inscribió en la Facultad de Filosofía y Letras supuestamente para estudiar Letras Españolas, y después de la primera semana de clases apareció por allí Nacho Méndez, era muy popular en su grupo de Leyes porque tocaba la guitarra y cantaba y siempre lo invitában a las fiestas y a las serenatas, sobre todo porque además de ser muy divertido tenía novias muy guapas, y entonces Nacho Méndez llegó a la Facultad con la idea de seducir mujeres todos los días, y los primeros con los que tropezó fueron Monsiváis y él, que lo abordaron con la intención de hacerlo amigo inseparable, Nacho Méndez asustadísimo, pues pensaba que si lo veían con esos cuates monstruosos, tan encerrados en sí mismos, tan marginados de la vida social. tan fuera de onda, es decir, ellos, ¿cómo iba a poder seducir a nadie?, y poco después Selma, Cristina, Magdalena, Cecilia, Malena, Carmen, Nacho Méndez, Monsiváis y el joven desgarbado, siempre con un libro bajo el brazo, o dos o tres, hicieron un grupo divertido, salían de la Facultad y caminában en fila india unos cuatro kilómetros hasta el monumento a Alvaro Obregón, jugando a lo que hacía la mano hacía la tras, a cantar y corear “por adelante” o “por detrás” después de cada frase, contando chistes o inventando canciones, creían dejarse influir por el cine, y después de ver un western jugában con pistolas de agua en la cafetería y los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras, Hugo Hiriart también estaba en esa escuela, quería ser escultor y tenía muchísimos libros de arte, juntos descubrieron a Cortázar, “fatigaron” Borges y Bioy Casares, Bianco, Marechal, Dashiell Hammett, y él lo enseñó a valorar la obra de Moore y Marini, Picasso y Mondrian, pero tendría que hacer un capítulo aparte para hablar de Malena, una muchacha espectacular, deslumbrante, misteriosa, atractiva, le gustaba de más, tenía el cabello largo, negro, y se lo peinaba sobre la cara de una manera muy vampiresca, de mujer fatal, y como si fuera poco tenía un cuerpo provocativo y muy bien proporcionado y grr, lo peor, era millonaria, o sus padres eran millonarios, y naturalmente a este joven desgarbado lo humillaba su pobreza, su familia, su pasado sin amigos de coche y su casa clasemediera en la Colonia del Valle, así que para visitarla conseguía prestados suéteres, trajes, camisas, para poderla invitar a un restorán vendió una colección de sus más apreciadas revistas de historietas, y una tarde le pidió que escribieran cada quién un Diario sobre los acontecimientos que les fueran comunes, y que luego los intercambiaran para saber si la visita a un lugar, o un diálogo, o un beso, significaban para los dos lo mismo o algo parecido o conflictivo, pero ella no aceptó, o aceptó y no hizo nada y él en cambio se compró una libreta y comenzó a escribir todos los días, la llenó de palabras manuscritas en mes y medio y se la regaló, pero la familia de la hermosa Malena desconfiaba mucho de sus pretenciones intelectuales, y preferían que anduviera con un futbolista y no con semejante pseudointelectual, se separaron, poco a poco dejaron de interactuar, de saber el uno del otro, aunque muchos años después supo no sólo que la inalcanzable Malena conserva todavía esa libreta, sino que se las enseña a los interesados que la visitan, ¿escribiría para seducir?, al mismo tiempo Monsiváis lo llevó a la revista literaria Estaciones, la única publicación de la época que había dado cabida a voces nuevas, y antes de una fecha precisa tenía que entregar un cuento, pero qué tarea demoníaca, qué tarea imposible, amigos, no sólo partir de una situación o una anécdota, planear la estructura, el tiempo gramatical, la voz narrativa, el ritmo, y al desarrollar todo eso, ay mamá, todas las frases que se le ocurrían eran de otros escritores, su memoria era literaria, no tenía lengua propia, a través de él hablaban todos los escritores que había leído, pero el doctor Elías Nandino que era el patrocinador y el director y dueño de la revista pronto descargó en este joven la tarea de reunir originales, llevarlos a la imprenta, corregir pruebas, diseñar la portada, en fin, Salvador Elizondo lo ayudaba en lo que podía, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, José de la Colina colaboraban también, se hicieron así siete números, y entonces el doctor Nandino le legó el proyecto, Andrés Henestrosa publicó un requiem al saber esto, y ¿cómo iba a ser diferente?, la revista tenía 19 suscriptores, la impresión costaba 7 mil pesos, y además había que invertir en paquetería y envío, pues tenían muchos intercambios, pero afortunadamente y casi al mismo tiempo Nacho Méndez había entrado a trabajar en una editorial comercial y pronto lo incorporó a su vez, hacían fotonovelas sobre El caso Chessman, y otra revista titulada Madre Consejera, no les pagaban pero si les ayudaban con gastos que les permitían comer en restoranes y comprar refrescos, también hicieron dos números de una revista a imitación de Mad, adonde Rius y Sergio Aragonés los ayudaban con sus dibujos, Nacho Méndez también traducía historietas para Novaro, y con frecuencia los villanos de Supermán se llamaban Monsi, y casi en cada revista había un Gus, solían ir a un restorán que quedaba en la calle Hamburgo y se llamaba Zodíaco, trabajaban en la editorial hasta la una o dos de la mañana, y a esa hora salían y acostumbraban caminar hasta sus casas, sus finanzas funcionaban bajo una fórmula lógica, quien tenía dinero pagaba, sólo que él joven desgarbado siempre con sus libros bajo el brazo nunca tenía dinero, hacían planes para el futuro, departamentos amueblados, muebles de marca, coches deportivos, oficinas lujosas, cámaras, fabulosos aparatos de sonido, biblioteca, mujeres, placeres de gourmets, pinacoteca, en las vacaciones escolares se fueron una semana a Cuernavaca, a casa de una tía de Nacho Méndez, leían mucho y escucharon hasta el cansancio discos de José Antonio Méndez, Julie London, Eric Dolphy, Cecil Taylor, Cannonball Aderly, The Modern Jazz Quartet, y de repente en el cajón de un buró el joven invitado descubrió un libro agotado de Stekel, La mujer frígida, y se impresionó notoriamente, compraron una libreta para anotar sus observaciones y esa libreta, más o menos bien conservada, iniciada en agosto de 1960, es el primer volúmen de una serie de Diarios que éste ya no tan joven y ya no tan desgarbado espera no interrumpir mientras tenga vida y fuerzas para escribir, el Stekel erotómano voyeurista le gustaba más que el naif de Cartas a una madre, el estupefacto de Sadismo y masoquismo, o el intelectualoide de Los sueños de la razón, de pronto leía sólo ensayos, se sumergía en Curtius, Keyser, Adorno, Forster, Auerbach, Sartre, Beguin, Muin, Eliot, Reyes, Paz, en fin, lo indispensable para comprender el fenómeno literario, le escribía a muchos escritores y David Viñas desde Mérida, Venezuela, lo ayudaba a centrarse, no te olvides de que la literatura es para muchos una carrera, un ganapán o una forma de sociabilidad, pero de ninguna manera un esfuerzo por comunicarse, un acto de arrojo, una especie de suicidio o de venganza o de desabrida masturbación, ésos no entienden la faena de escribir como una infracción contra todo lo que lleva el signo más arriba y a la derecha, de ninguna manera, para ellos sus libros son bocadillos, suaves naipes intercambiables, tarjetas de visita o moneditas metidas en una alcancía elástica y tranquilizadora, la ciudad de México comenzaba a energizarse, y Carlos Fuentes, Enrique González Pedrero, Víctor Flores Olea y el grupo de los Espectadores incitaban a seguir su ejemplo de responsabilidad y preocupación por la interpretación política, el análisis del impacto de la revolución cubana, las primeras protestas y manifestaciones a favor de los presos políticos, amigos detenidos, Ernesto Sábato le escribía desde San Fernando, Buenos Aires, me entusiasman tus aventuras con la policía, hasta tanto no se puedan hacer saltar otras estructuras más pesadas, jaquear a los verdugos no es mal entrenamiento, en Sudamérica los problemas corrían parejos, deportado de Venezuela luego de quince días de cárcel David Viñas volvía a escribirle,
debo adecuarme poco a poco a una Argentina alarmante y confusa, cataratas de curas y coroneles y señoras aseñoradas hasta debajo de las camas, imagínate que la policía (en medio de barras de oro robadas al por mayor en el aeródromo internacional) se ocupa de detener parejas que se han metido a hacer el amor en respetables casas de citas, y eso no es nada, hay un tal comisario Margueride que tiene la buena leche de llamar a los maridos damnificados en los casos de adulterio, macartismo, censura previa y el Plan Connintes (Estado de Sitio) dan pie a cualquier arbitrariedad; hablando de otra cosa, buen título ese de Los perros jóvenes, y va sin mala leche, supongo que se tratará de vos y de tus amigos, los despanzurradores alegres y despiadados y lúcidos de tu generación ¿me equivoco?,
¿Nunca pensó estar equivocado?
…
Continua…
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