Autoentrevista.
Gustavo Sainz
(2 de 4 )
¿Nunca pensó estar equivocado?
No, no se equivocaba, leía a Lawrence Durrell, a Yourcenar, a Walter de la Mare, su madrastra le había dicho a una vecina que no se explicaba cómo su padre había tolerado que dejase la carrera de Leyes para seguir en una escuela de maricones, buenos para nada, algo había pasado en casa luego de la muerte de su hermano Oscar y él quería tranquilidad y silencio para escribir y convertirse en el escritor que todavía no era, se resistía a llamar a sus personajes con nombres que no fueran ingleses, o italianos, los héroes de Pratolini, Marotta, Moravia, Waugh, Joyce y Durrell se le hacían más familiares que los de Martínez Estrada, Rafael F. Muñoz, Martínez Moreno o José Luis González, hizo a un lado cualquier ánimo de trascendencia y empezó a hablar de jóvenes clasemedieros con ansias heroicas, los movía durante un pleito en un jardín otomano que situaba en la colonia Guadalupe Tepeyac, pasaba el día entero frente a su máquina, una vieja y ruidosa Remington portátil, casi a diario visitaba a Otaola, en el edificio de Productores Cinematográficos, y hablaban y hablaban y hablaban y hablaban, y entonces en lugar del texto que había empezado a escribir, sólo quedaba cierto cosquilleo, cierta sensación de extrañamiento, una pequeña desesperación, cierta angustia, mucha soledad, hasta que se vio presionado a dejar la casa familiar, estuvo tres semanas en Acapulco, luego en diferentes lugares, La Paz, Cabo San Lucas, Mazatlán, Guadalajara, Colima, hasta que decidió ocupar el departamento vacío de su madre en el centro de la ciudad, ya que por razones de salud ella se había ido a vivir a Querétaro, se consiguió un trabajo en la preparatoria vespertina de la Universidad Femenina de México como profesor de Literatura Universal, enseñaba La Epopeya de Gilgamesh y el Beowoulf, tres veces a la semana, por la noche, recuerda que en esa época un amigo le prestó una máquina enorme de escribir y que pasó muchas veces en limpio las primeras 40 cuartillas de lo que iba a ser su primera novela, buscaba copiar la energía y el cinismo de Henry Miller, la melancolía de Lawrence Durrell, sobre todo los pasajes líricos de Justine, libros que estudiaba concienzudamente, empezó a perder el miedo y a hablar de sí mismo, su protagonista se llamaba Greta, luego Tatiana, al final Gisela, su manuscrito creció hasta 75 páginas y las últimas 25 eran las más funcionales, las pasó en limpio, porque era y todavía es un fanático de la limpieza, y en un sobre sin comentario alguno las mandó a Cuadernos del Viento, bajo el título Siete actos sexuales realizados, escandalosa línea que aludía al pasado de los personajes, y Huberto Batis, director de esa revista y responsable del lanzamiento de decenas de jóvenes escritores se las publicó, y la reacción no se hizo esperar, por una parte en un periódico lo llamaron Sainz-Fiction y se regocijaban porque era capaz de escribir una línea como ¡ay, ígnaro ignorante de la verdadera verdad!, lo que para él era un elogio desmedido, por otra parte, don Joaquín Díez-Canedo director y dueño de la Editorial Joaquín Mortiz, como ese texto terminaba con una nota diciendo que se trataba de un “fragmento de novela”, lo mandó llamar y preguntó ¿cuándo terminaría esa novela?, y le hizo prometer que cuando la acabara se la entregaría a él, que la estaría esperando, y no era común que se comentara en los periódicos un cuento publicado en una reviosta de escasa distribución, demasiado exclusiva, estaba contento, seguro de sí mismo, prepotente y fue a dar a la revista Visión, porque solicitaban un técnico en producción de imprenta, lo contrataron para auxiliar a un ejecutivo norteamericano, apellidado Thompson, a hacer traducciones, corregir estilo, y encargarse de la producción de libros de una colección cuyo primer título fue El telegrama Zimmerman, William Inge, autor de Splendor in the Grass, que en esa época triunfaba en su versión cinematográfica, era amigo de Thompson, vivía en México, leía sus cuartillas y lo animaba a seguir, ¿de qué discutían?, del bildungsroman que se decía en esa época había desaparecido, al menos en su acepción clásica, junto con el complejo de Edipo, que tampoco existía, ni la diferencia entre alta y baja literatura, entre novela rosa y clásicos de la lengua, ya no era posible entender la vida como totalidad, con un principio y un fin, guau, en cuanto llegaba a su departamento escribía con la desesperación de ir a olvidarlo todo, los sábados iba a Visión, y con la complicidad del portero se colaba en el edificio y en la oficina desierta comenzaba a teclear Los perros jóvenes, sin música de fondo ni distracciones de ninguna clase, le gustaba escribir en un papel amarillo cremado, grueso, de 39 kilos, muy despacio, con un solo dedo, ya saben, “sistema bíblico”, busca-y-encontrarás, pero a su buen amigo Thompson lo promocionaron a un puesto de relaciones públicas en Nueva York, y William Inge se fue a instalar a Puerto Vallarta, y él joven prepotente y seguro de sí mismo se quedó en la revista como reportero, en el departamento de su madre había improvisado una pequeña biblioteca en la vitrina del comedor, y una mañana se la embargaron por una deuda materna inferior a 500 pesos, tenía muchos libros inconseguibles y dos o tres muy caros, libros en italiano y francés, el Diccionario de personajes de Bompiani-González Porto, The Movies, de Richard Griffith, un libro de Durero prestado por Hugo Hiriart, una docena de volúmenes de la Biblioteca de Iniciación Filosófica, textos agotados de Collingwood, Mi vida y mis amores de Frank Harris, la primera edición de Tomóchic, de Heriberto Frías, los primeros números de la revista norteamericana Evergreen, 20 números de la revista Estaciones, la colección completa, en fin, reunió y llevó los 500 pesos para recuperarlos y resultó que los gastos de embargo habían aumentado la deuda a 950 y eso era mucho dinero para él en aquella época, se deprimió mucho por no poder rescatarlos, pero mucho, el trabajo que desarrollaba en Visión no era estimulante, con su proyecto narrativo no podía seguir adelante, se pasaba los días entre la depresión y la melancolía simple, en una especie de sopor espiritual en el cual perdía la capacidad de sentir placer o cariño por todo lo que antes era importante, las mujeres con quienes salía ¿o entraba?, parecían tan conmovedoras como el teorema de Euclídes, ¿novocaína emocional?, se pasó un fin de semana tumbado en la cama, sin comer, sin bañarse, extremadamente deprimido, anhedónico y como vaciado de todo aquello que tenía contenido afectivo, desolado, solo en el mundo, derrotado en todos los frentes, abandonado, sin apetito, sentía flotar cuando se levantaba ocasionalmente, y era como si todo fuera abstracto, o tuviera denotación pero ninguna connotación, afortunadamente Nacho Méndez irrumpió al tercer día y no lo compadeció, opinó que el mundo no era un mapa del mundo, y como nadie podría identificarlo, como carecía de identificación, no pasaría nada si moría, que si terminaba por extinguirse allí mismo nadie, absolutamente nadie se daría cuenta, aunque quizás sí, otro amigo, decía Nacho Méndez, lo sentiría mucho, quizás Mauricio Herrera, el joven deprimido y debilitado rió de tanto cinismo, se bañó, vistió, rasuró y con cierta timidez salieron a comer tortas y a la librería de Polo, a una fiesta, no ha vuelto a volver a sentirse así, cuando los problemas tienen solución ya no son problemas, cuando las preguntas tienen respuestas ya no son verdaderas preguntas, entonces además de escribir para Visión, empezó a escribir para el Magazine de Novedades y para el suplemento de Excélsior, hasta el día que se inauguró el ferrocarril Chihuahua-Pacífico y le tocó hacer la nota y fue a entrevistar al licenciado Raúl Noriega, quien tenía unas semanas como nuevo director de México en la Cultura, y lo vió reprender violentamente a un redactor por no haber conseguido una entrevista con el escultor Manuel Felguérez, que iba a inaugurar un mural hecho con chatarra automovilística e industrial en el cine Diana en unos cuántos días, y daba la casualidad que esa misma mañana él joven desgarbado y resucitado había desayunado con Felguérez, y visto el mural y hasta tomado notas con la idea de hacer un reportaje para Visión, entonces después de entrevistar a Noriega sobre el viaje de inauguración del ferrocarril norteño, le propuso hacer una nota sobre Felguérez en ese momento y mecanografió dos cuartillas y media y su texto apareció al día siguiente, con un título medio mal intencionado, El mural más maravilloso del mundo, de manera que fue a reclamar, y cuando llegó le dieron 75 pesos como pago a su colaboración y le propusieron ¿puede hacer la reseña de estos libros?, claro, dijo, y se acomodó en un escritorio cercano y no se levantó sino hasta terminar, a la semana siguiente le ofrecieron un trabajo fijo, y empezó a ganar 400 pesos semanales que pronto fueron 450, y seis meses después ya eran 800, además había máquina de escribir, correo gratis, papelería regalada, secretarias bellísimas, ay, empezó a levantarse a las seis de la mañana y se iba a Novedades cuando los voceadores estaban apenas recibiendo los periódicos de las distribuidoras, y escribía en su oficina hasta que llegaba el secretario de redacción a eso de las 11 pasadas, el año anterior había pedido una beca al Centro Mexicano de Escritores sin ningún resultado, pero había vuelto a pedirla y había ganado, de Los perros jóvenes su libro pasó a llamarse Muchacha sobre espejo de mano (roto), y posteriormente Conejo Extraordinario, sus compañeros de beca eran Carlos Monsiváis, que escribía un libro de ensayos, Héctor Mendoza que escribía una novela de boy scouts que nunca llegó a terminar, María Irene Fornés, gran amiga de Susan Sontag, que escribía una obra de teatro y a media beca se fue a Nueva York a montar uno de sus proyectos, Guadalupe Dueñas que leía cuentos, Armando Ayala Anguiano que desarrollaba una novela, Juan García Ponce que escribía otra, José Carlos Becerra que escribía poemas, Salvador Elizondo que escribía Farabeuf o la Crónica de un Instante, y Juan Manuel Torres que escribía cuentos bastante padres, las reuniones las presidía Ramón Xirau, y sólo a él y a Lupita Dueñas les gustaba su novela, también a Monsiváis, aunque a la salida siempre le hacía observaciones acerca de que complicaba demasiado sus estructuras y que, según él, eso no tenía sentido, pues primero tenía que hacerse de un número amplio de lectores, y después ya habría posibilidad de experimentar, en fin, discutían si los amigos no podían transformarse en personajes, si ya no había personajes como los de Balzac, si la vida no tenía destino, y si la memoria no podía ser un argumento, vociferaban que las biografías tenían que ser falsas por antonomasia, ya que la cronología era una ilusión, no existía, y luego había la presión para que escribiera un libro de cuentos, ya que Rulfo, Revueltas, Arreola, Fuentes, Garro y Cortázar habían empezado sus carreras con libros de cuentos, total, al terminar la beca había conseguido pergeñar unas 120 cuartillas, y de esas páginas todavía una tercera parte existe en Gazapo, pero las demás fueron más bien como un ejercicio preparatorio, una yuxtaposición de errores inexcusables, de embustes, de callejones sin salida,
¿Quiénes eran sus amigos en ese entonces?
Continua...
http://www.puntode-fuga.blogspot.com/
¡Necesitas ser un miembro de Biblioteca Gustavo Sainz para añadir comentarios!
Participar en Biblioteca Gustavo Sainz