Autoentrevista.
Gustavo Sainz

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¿Quiénes eran sus amigos en ese entonces?
Por Mauricio Herrera conoció a Arnaldo Coen, que quería ser pintor, y con ellos, Nacho Méndez y él decidieron alquilar una casa que buscaron durante meses, Arnaldo necesitaba una terraza para pintar, Nacho Méndez un cuarto aislado para poder tocar el piano sin molestar a nadie, Mauricio una habitación a la calle para montar su despacho de arquitecto y recibir clientes, y el joven desgarbado aún sin ningún libro publicado pretendía un cuarto para establecer y desarrollar su biblioteca, adonde cupiera además una cama y una mesa adonde escribir, sin nada de humedad y más o menos grande y oscuro, buscaban por toda la ciudad pero principalmente por las colonias Juárez y Cuauhtémoc, que según Mario Bearugard, un compañero del periódico, eran las únicas civilizadas, ¿y qué quieres decir con “civilizadas”?, le preguntó una vez y Mario le dijo que en esas zonas estaban las calles adonde se podían ver pintores con sus lienzos bajo el brazo, mujeres con minifaldas, cafeterías al aire libre, librerías, galerías de arte, e inclusive escritores como Arreola, Rulfo, Paz y otros que vivían por allí, adonde apenas había empezado a desarrollarse lo que después se llamó Zona Rosa , hasta que finalmente dieron con dos departamentos vacíos, uno frente al otro en la esquina de las calles Río Poo y Río Lerma, Nacho Méndez y él tomaron uno, lo alfombraron de pared a pared y alquilaron un piano, Mauricio y Arnaldo no se decidieron por el otro, desgraciadamente, Polo Duarte le seguía vendiendo las novedades a crédito y él iba acomodando sus nuevos libros en el clóset hasta que una noche el clóset se derrumbó con gran estruendo, compraron dos colchones carísimos y un carpintero les hizo dos camas enanas y estanterías, desayunaban sobre el piano, comían sobre el piano, y él escribía su novela sobre el banco del piano, sentado en el suelo, y sus visitas también se sentaban en el suelo, en la oficina el licenciado Noriega lo obligaba a tomar partido, él joven resucitado hubiera querido hacer números monográficos del suplemento sobre Octavio Paz, José Revueltas, Carlos Fuentes, Vicente Leñero, José Emilio Pacheco, Homero Aridjis, Marco Antonio Montes de Oca, Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo, y también sobre Grass, Hoveyda, Rechy, Styron, Bassani, Testori, Martín-Santos, Semprún, etcétera, y el licenciado Noriega lo forzaba a integrar números sobre Maximiliano y Carlota, Juárez, Amado Nervo, la Decena Trágica, la interpretación de los glifos mayas, en fin, él era el promotor del pasado y él joven era el promotor del fugitivo presente, los métodos de trabajo eran histéricos, al mediodía le avisaban que para la mañana siguiente tenía que escribir una historia de la literatura francesa durante el siglo XX en seis cuartillas, y los regaños, las reciminaciones porque ignoraba quién era fray Vicente de Santa María o Mariano Michelena, o porque no había leído la obra completa de José María Roa Bárcena o la de Victoriano Salado Alvarez, a cuya sombra le hubiera gustado aprehender esa pátina de “mexicanidad” que existe en algunos cuentos de Elena Garro, en los cuadros de Rufino Tamayo, en los poemas de Ramón López Velarde y los de Octavio Paz y Jaime Sabines, en las fotografías de Nacho López, o en cuentos como La noche boca arriba de Julio Cortázar o La invención del mole de Leonora Carrington, “en esa magia estaba” como dice Borges, cuando leyó la vida de John Maynard Keynes de R. F. Harrod, que más que de economía le habló de estrategias narrativas, de construcción novelesca, de ritmos ocultos, igual que la Fisiología del gusto o el Discurso del método, que también eran libros claves para el desarrollo, la estructura y los métodos del juego literario, Arnaldo y él vagaron durante meses antes de sentirse seguros de sus lenguajes pictórico y literario y empezar a escribir o pintar, el joven resucitado recomenzó su novela una vez más, asustado al advertir que la mayoría de los capítulos terminaban igual, con una sorpresa, desilusionado porque el final su libro era arquetípico, el clásico nudo ciego a todos los cabos sueltos, a la manera de los folletinistas y las telenovelas, había demasiadas anécdotas para conseguir un solo resultado, comenzó a eliminar párrafos, diálogos, frases, palabras, conjunciones, a tachar por aquí y por allá, cambió el nombre de algunos personajes, eliminó algunos para poder utilizar distintas personas gramaticales y distancias de puntos de vista, su protagonista contaría todo en el curso de un día, escribiría, hablaría, recordaría, grabaría o escucharía grabaciones, la narración podría retroceder dos o tres días, e ir hacia delante también tres o cuatro días, pero entonces jugando con tesis y posibilidades, porque esos días, un lunes un martes un miércoles y un jueves aún no habrían transcurrido, y en ellos podrían suceder muchas cosas, empezó a privilegiar un tiempo mental en demérito de un tiempo cronológico, a cuestionar su prosa que de pronto parecía periodística. necesitaba una máquina propia y Vicente Leñero le prestó 3,500 pesos para que pudiera comprarla, una Olivetti 82, verde olivo, enorme, de oficina, porque Leñero lo había convencido que los escritores destrozaban las máquinas portátiles, y escribían desde luego más horas que las secretarias, aún las más eficientes, el joven que quería ser novelista se refugiaba en el tecleo, si no avanzaba en su texto improvisaba cartas, finalmente a mediados de 1962 terminó el manuscrito, hizo cinco copias, las encuadernó y se las llevó a diferentes amigos, a Joaquín Díez-Canedo para su edición, Vicente Leñero se entusiasmó casi lo mismo que Otaola, Vicente había empezado a escribir Estudio Q, Jorge Ayala Blanco se interesó de inmediato en hacer esa novela aún inédita en cine y escribieron un guión, pero la editorial tenía otros compromisos y dio prioridad a otros libros, pasó un año y como la novela no salía retiró su manuscrito, impoluto, aún virgen, pensaba archivarlo, guardarlo, le parecía inocente, improvisado, mal hecho, “varias veces lo expulsaron de las iglesias porque se reía y de los prostíbulos porque pretendía rezar”, ¿quién citaría a quién?, ¿quién le había dicho eso?, nunca recordaba, le dio a leer su libro inédito a Mario Froylán López Nárvaez y recibió reparos insuperables, volvió a mecanografiarlo, cambió el orden de los capítulos, inventó sangrados y cursivas y se lo dio a leer a Henrique González Casanova que le habló con entusiasmo de las primeras 10 páginas, verdaderos hallazgos, pero luego le dijo que guardara su novela en el último cajón de su escritorio, y que dentro de diez años la volviera a mirar, y que ya vería entonces cómo le agradecería ese consejo, pero todo eso en vez de desanimarlo lo armó de valor y acabó volviéndo a entregar el manuscrito en la editorial Mortiz, Leñero había acabado su nueva novela y ambas saldrían juntas, pero salió Estudio Q, y Joaquín le dijo que Gazapo saldría en octubre, y en octubre que saldría en noviembre, hasta que total salió el 15 de diciembre de 1965, y nadie se dio cuenta, los taxis seguían pasando y el mundo giraba, él había dejado de ser un escritor sin libro publicado y no podía demostrárselo sino a sus amigos más cercanos.


¿Cuándo asumió formalmente su vocación de escritor?
Continua...






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